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Mi gallega sigue sorprendiéndome con sus preciosos vídeos.

Actualidad argentina-madrileña

Hoy les cuento muy orgullosamente: Argentina aprobó la ley de identidad de género. Eso significa que cualquier persona podrá cambiar su nombre y su sexo, en el dni y en su mismísimo cuerpo. A partir de ahora los hospitales públicos otorgarán gratuitamente todo el tratamiento hormonal y las operaciones pertinentes. Paralelamente, se aprobó también la ley de muerte digna. Esto es, toda persona en estado terminal tiene el derecho legal, a partir de ahora, a negarse a recibir tratamientos cuando su condición de enfermo terminal sea irreversible. Orgullosamente muy les cuento, mi país ha aprobado dos leyes que apuntalan lo que aquí en España tristemente se desmorona; la dignidad humana, señores.

Claro que el orgullo por mi país dura poco, y es que la dignidad humana tiene muchos matices. Acabo de recibir un mail de una conocida argentina que estuvo en Madrid los últimos dos meses y ya está de vuelta en Buenos Aires. En su correo relata escandalizada el precio de la comida. Todo está un veinte por ciento más caro que hace dos meses. Pero este gobierno hace oídos sordos al escándalo del costo de vida en  en Buenos Aires ( supongo que en las demás provincias también) y aprueba leyes reparadoras que tienen que ver con nuestra joven y sangrienta historia, pone las cosas en su justo lugar en materia de derechos humanos, descuelga los cuadros de represores en la Escuela de Mecánica de la Armada (siniestro lugar en plena capital donde se cometieron miles de crímenes de lesa humanidad) y crea el Museo de la Memoria; aprueban la ley de matrimonio igualitario, crea la AUH, asignación universal por hijo, esa limosna de cuarenta y cinco euros mensuales por hijo de familias que acrediten bajos recursos, expropia YPF. Este gobierno te llena el pecho de orgullo al aprobar leyes necesarias, que significan reparación profunda a las víctimas de la dictadura, víctimas de la policía y de la moralina general, instaura un modelo de tolerancia que nos ubica a la vanguardia en el mundo y a la vez te obliga a vivir en una ciudad que se cae a pedazos, con servicios públicos harto deficientes, una corrupción vergonzosa y una inflación galopante. Es un gobierno psicópata. Te seduce por un lado y te destruye por el otro. Vivamos sin un duro, pero orgullosos ante nosotros mismos y la comunidad internacional. Algunos me dirán “¿Y dónde viste vos un gobierno que cuide tus intereses y que no te estafe de alguna manera?”

Tienen razón, señores, nunca lo vi. Parece ser que en este mundo no se puede vivir dignamente en todos los sentidos. Sé que muchos amigos a los que quiero y admiro van a odiarme por esto que escribo. Pero no puedo evitar decir lo que pienso.

Yo tenía un amigo en Facebook con el cual me reía muchísimo, escritor él, inteligente y prestigioso. Nos comentábamos cosas todos los días, se había generado una complicidad, habíamos llegado al punto de querer vernos en cuanto él viajase a Madrid. Y en eso se muere Néstor Kirchner, ex presidente y marido de nuestra presidenta. El muro de Facebook era una lágrima. Y yo, que no me vi conmovida en absoluto ya que no podría conmoverme nunca la muerte de un político, comenté algo que le resultó ofensivo, que le tocó vaya a saberse qué fibra interna y me borró de sus contactos.

Una de las cosas que más me llama la atención de estos cuatro años afuera de mi país es la cantidad de gente que se ha fanatizado con este modelo de gobierno. Gente que al momento de mi partida estaba en contra de todas las propuestas gubernamentales mayoritarias de mi país, en un momento impreciso se volvieron no simpatizantes, sino defensores acérrimos del gobierno actual. Militantes. Y no lo entiendo, desde aquí yo no puedo entenderlo.

Por último, les cuento que de esa lucecita de esperanza que les conté, luego de aquel llamado hace dos o tres semanas, ni rastro. Todo sigue casi igual, la novedad es que el trabajo de mi gallega parece peligrar, corren rumores de cierre de su empresa, han despedido a compañeros suyos y otros han renunciado. Nuestra respuesta consiste en ahorrar algo de dinero, por si acaso, mirar casas en alquiler en pueblos lejanos, soñar con vivir cerca del mar y en cultivar verduras. Íntimamente deseamos que se vaya todo al carajo, para irnos nosotras también.  

Los perros

El texto de hoy está escrito enteramente por la gallega. Ella me lo escribió, respetuosa, porque sabe que a mí me pudre terriblemente que me cuente las historias de perros. Ella es la que lleva nuestro perro al parque e interacciona con esos especímenes insoportables que son los dueños de perros. Se entera de los cotilleos que corren por el barrio, sabe quién es quién y las relaciones entre ellos.

Esto es otro cuadro de la realidad. Un retazo. Bienvenida, gallega mía. 

Vuelvo a casa del paseo diario con el perro. Mientras vacío el lavavajillas y me cago en todos sus muertos porque las cacerolas no quedaron tan relucientes como debieran, pienso consternada en el último cotilleo del parque: Luis lleva una semana durmiendo en la calle.

Luis es el dueño de Yako, un mestizo negro y grande que a veces tiene agresivos brotes de dominancia. Una vez mordió a Lucho porque intentaba jugar con una perra que él pretendía montar. Pero generalmente es un buen perro, atento y obediente, al que lo único que interesa es que su amo le lance una y otra vez la pelotita, de manera enfermiza, hasta el infinito y más allá.
Su dueño, Luis, permanece invariablemente de pie, con las manos en la espalda, silencioso, dando patadas a la pelota que el perro deja junto a él, con mirada de súplica. Hasta que aparece Lucho. Entonces Yako me busca y viene corriendo hasta mí, me persigue durante unos minutos (yo voy en bici) y cuando por fin me detengo, mete su hocico en mi bolsillo para sacar la pelota de mi perro, que es su favorita. Y tras el intercambio de juguetes, vuelven las horas muertas de carreras tras la pelotita.
Pelotitas de los cojones.
Siempre me preguntaba porque Luis pasaba tanto tiempo en el parque. Y también porqué no castraba a su perro, para evitar tener que estar siempre atento a sus posibles ataques dominantes.
Luis es andaluz y muy reservado. Alguna vez habla de fútbol, o del tiempo. Su aspecto no es más desaliñado que el de alguno de mis compañeros de trabajo. Debe rondar los cuarenta años. Hace unos meses vino una novia que tiene, polaca, gorda y dicharachera. La más charlatana del parque, a pesar de su terrible acento. Contó a grito pelado que se iba a trabajar a Alemania, en una fábrica de pollos, porque aquí, lo de limpiar escaleras ahora lo estaban haciendo amas de casa españolas y en sus antiguos trabajos ya no la empleaban.
Cuando se marchó, Luis me enseñó orgulloso un reloj de plástico que en vez de dar la hora enmarcaba en su esfera la foto de su novia.
Y hoy, Adela, una vieja pedorra que adora los chascarrillos, me ha preguntado si había visto a Luis últimamente. Al contestarle que ayer había coincidido con él pero que hoy no le había visto y dar así por zanjada la conversación, la señora me ha mirado con ojos en blanco: “Ay, hija, a mí es que no me gustan los cotilleos, pero como tú eres de confianza…” Y ha comenzado a narrarme las desdichas del hombre y su perro en la indigencia.
Ella le proporciona latas de legumbres en conserva, porque Luis se ha fabricado un hornillo que funciona con alcohol, para no hacer humo. Dice que no pasa frío (en Madrid las última semanas ha habido temperaturas mínimas de 3º; y lluvia…), que otra de las habituales del parque le está dejando que vaya a su casa a ducharse, que el del vídeo-club le permite cargar el móvil, para que pueda recibir llamadas de un hipotético curro como vigilante nocturno de piscinas (todas cerradas hasta dentro de un mes, como poco…) y que ella, desde luego, en cuanto cobre le invita a comer en Mc Donald’s, porque al andaluz le hace mucha ilusión (¡¡¡!!!).
Termino de vaciar el lavavajillas y me doy cuenta, de que durante mi ensimismamiento, mi perro no ha hecho más que pedirme sus chucherías.
Pienso en lo que gastamos al mes en alimentar a Lucho, en la preocupación porque los cacharros no quedan brillantes, en que hace meses que prescindimos de caprichos (nada de viajes, cómics, discos; pero el café sigue siendo italiano y la botella de Martini comprada hace una semana ya se ha terminado), y descubro porqué los últimos días Luis siempre lleva una bolsa de plástico que deja colgada en la rama de un árbol: dentro deben estar todas las cosas que posee, además de a su perro. 

 

De elefantes y banderas

La bandera de España se retuerce, se agita, hace más que flamear; yo diría que sufre, quiere salirse del mástil y volar, irse a la sierra, lejos. Hay tardes en las que pasa un grupo de ovejas guiadas por una perra grande que, si me ve, se acerca y me saluda a través de los barrotes del portón del garaje de la nave. Sólo eso, no espera comida, se desvía de su trabajo de pastora y viene hacia mí, a pararse en dos patas, apoya las manos en la reja, me muestra su lengua rosa y babeante y mueve la cola como si me conociera. Yo meto la mano y la saludo, pongo voz de idiota y le digo cosas lindas. Mientras, las ovejas se detienen y esperan. Luego ella continúa su camino y detrás van las tristes ovejas, que llevan la pata de atrás ligada a la de adelante por una cuerda. Como los presos de Dostoievski con los grilletes, de acá para allá.

Envidio las manos de algunas mujeres. Si sigo trabajando con cajas de cartón y cúter y polvo y precinto ¿se me deformarán para siempre las manos? pienso mientras fumo un cigarro en el garaje al aire libre, tantos árboles y montañas y pájaros y cielo. Tanto sonido a vida. Adentro las voces rebotan en los extintores de fuego y las altas columnas de cajas de cartón. El sonido del toro mecánico que mueve cajas de un sector a otro, piloteado por un compañero que me confesó que en su día libre no hace más que comer kebabs y emborracharse. A veces busca una chica que le pide pagar su tarjeta de móvil por adelantado. Pasa K. otra compañera que habla bajito, acaba de mudarse con su novio a una habitación; antes vivían con su hermano y su cuñada, pero se pelearon. A veces K. viene con el rostro hinchado. Una vez le vi un moratón en el brazo ¿Qué habría más abajo? ¿Qué tiene más profundo K., que oculta? K. no se queja nunca de nada, pero muchas veces se le cae la comida al suelo, a la hora de almorzar.

Ha vuelto a sonar la radio a toda mierda. Seguro lo permiten porque han añadido dos tiendas más para abastecer. Aumentó el trabajo, es eso.

Yo estos días giro con una lucecita de esperanza. Hay alguien que conoce a alguien en extranjería. Me pidieron mi número de expediente por teléfono. Cada día al despertar no quiero imaginar lo que imagino sin embargo. Mi cabeza se dispara, soy Anna Frank que logra escapar. Un niño que no muere gracias a la piedad de alguien. Un elefante que no muere. Un jubilado que consigue pastillas gratis. El dueño de las ovejas que corta las cuerdas, está hasta los cojones. La bandera que se suelta. Mi compañero que no se emborracha y un domingo se enamora. Una chica que logra decir basta y no la golpean, nunca más.

Un viaje en tren movidito

Estos días en el tren estuve leyendo el libro de Fritz Zorn Bajo el signo de Marte (Anagrama, traducción de Susana Spiegler, segunda edición 2002) Sin duda uno de los libros más estremecedores que tuve en mis manos. Su autor, del que conocemos sólo su seudónimo ( Zorn significa cólera en alemán) murió horas después de haberse enterado que este, su único libro, sería publicado. Lo escribió a los treinta y dos años, en sus últimos meses de vida. El libro es un definitivo esfuerzo por comprender su vida y las causas de su mal, el cáncer. Y lo que descubre gracias al psicoanálisis se vuelve mortal. Lo que descubre, dice, se vuelve contra él con más saña, al contrario de lo que pensara: nombrar lo que su familia y él mismo silenciara durante toda su vida explotó como un volcán dentro suyo. “Hace algún tiempo escribí la historia de mi enfermedad con la esperanza más o menos fundada de que una recapitulación  y una confrontación con mi pasado pudiesen ayudarme a distanciarme de él o, tal vez, hasta me permitieran sobreponerme a mi pasado. Ha ocurrido exactamente lo contrario. Desde que me ocupé más estrechamente de él, el sufrimiento que siento al enfrentarme con mi historia se abalanza sobre mí con redoblada violencia y una intensidad jamás alcanzada. Escribir mis recuerdos no me ha deparado la calma, sino, al contrario, una agitación y una desesperación aún más aguda. La enfermedad del alma ya no es una depresión que acompaña y envenena mi vida oficial; en este momento se ha convertido en un fuego devorador que todo lo consume”.

Estremecedor es poco. Este libro es un testimonio contundente de que la educación recibida y el modo en que se imparte –con más o menos neurosis volcada sobre el sujeto- hacen en gran medida quienes somos. Fritz Zorn nació en una cuna de oro, en la costa dorada de Zurich, dentro de la burguesía más hipócrita suiza. Allí, nos cuenta, la premisa era: no hables de vos mismo, ni siquiera con vos mismo, no tomes partido, ni se te ocurra que la vida es una sucesión de hechos que tienen consecuencias observables, modificables; todo eso es propio de personas pobres e inferiores. Las personas ricas y elevadas como nosotros estamos por encima de los asuntos terrenales. La sexualidad, desde luego no existe. Cualquier tema que amenazara con dar pie a algún tipo de cuestionamiento existencial se tachaba de complicado. El resto del mundo, la amistad, el cuerpo, el dinero, la política: todo en su familia se tildaba de complicado. En el libro, Fritz se enfrenta a una lógica catastrófica: la burguesía suiza es la responsable de la neurosis -lo que el burgués denomina tradición- de sus abuelos y padres que a su vez es la razón lógica de su propia neurosis; su neurosis es la causa del tormento de toda su vida; su tormento es la causa de que haya contraído el cáncer y éste, la causa de su muerte.

Fritz Zorn era filólogo. Pero sólo ejerció por un corto período, como maestro en una escuela media estatal. Eligió estudiar filología porque dos de sus compañeros se habían inclinado hacia esta materia, sin mediar ningún interés particular en su elección.

 

En alguna parte de esta lectura fascinante, me interrumpió una especie de vendedor ambulante. Digo especie porque no vendía nada, o bien, lo que este hombre flaco con bastón ponía a disposición era su fuerza de trabajo. Rogaba por un trabajo. Y era español. Más prestaba atención a su discurso, más pena me daba su confianza en las personas, paseando sus cincuenta o sesenta años por los vagones, en este sistema diezmado por el sistema. Porque este señor, con hijos, con hipoteca, con mujer que aportara el único sueldo de la casa, dijo ser optimista, dijo creer en que su suerte cambiaría.

En Argentina el vendedor ambulante era una cosa cuando yo era chica y es otra ahora. El trabajo de vendedor ambulante no era hijo de la desesperación. El vendedor debía hacerse un lugar entre los otros vendedores, respetar horarios en los trenes para no cruzarse con otros y aburrir a la clientela. El vendedor debía además presentar un producto novedoso y barato, no limitarse a las golosinas (que era lo que más abundaba) tener un discurso florido y musical, divertir, por así decirlo, llamar la atención positivamente de los viajantes. Yo vi a uno que vendía un quitamanchas. Lo vi derramarse tinta de un frasquito en su propia camisa, y luego sacar un cepillo dental y frotar la mancha con el producto milagroso. y todo esto lo hacía sin parar de hablar, vocalizando alto y claro, llevándolo todo en perfecta armonía, el equilibrio en el movimiento infernal del tren bonaerense y el desarrollo, nudo y desenlace del discurso. Y luego decir “ ya le doy, caballero, ya se lo alcanzo, señora” lo cual era un truco, pero creaba el golpe de efecto en el público de que muchas personas atrás nuestro, donde no podíamos ver, enloquecía por el producto. Luego, ya siendo mucho más grande, la cosa se desvirtuó bastante. Ahora es un desfile de gente vendiendo cualquier cosa, se puede ver la acumulación de vendedores entre vagón y vagón esperando su turno para pasar. Es una sucesión sin fin, que bien puede durar todo el trayecto que uno haga. Y desde luego están también los enfermos, los rengos, los que van en carrito porque no tienen piernas, el flagelo de los músicos, los que bailan tango, los que inician una pelea a los gritos y luego te dicen que son actores, los niños cantores, las madres con hijos colgados del cuello, los  ciegos y los chantas que suben con muletas y luego los ves bajar normalmente. Cualquier viaje en tren en Buenos Aires es un verdadero festival de productos en oferta. Pero nunca vi a alguien que pidiera trabajo. Eso me resultó desolador.

Luego ya no pude volver a leer, me quedé pensando en este señor y su esperanza, en si de verdad le daría resultado y en algún tren viajase algún directivo de empresa que se apiadase de él o algo. Y entonces escucho que un madrileño le dice a otro: ¿No quería Corea lanzar un misil? pues que apunte a Patagonia, coño.

Y me acordé de lo que posteó Casciari en el blog, a propósito de YPF. Qué ganas de tomarme una birra con él y decirle que los señores caretas españoles de los que él habla también existen en Argentina. Me juego una teta a que Kristina tampoco sabe mandar un archivo adjunto o hablar inglés. Y que no me emociona que Kicillof no use corbata. Que la manipulación de los Kirchner es igual que la de Rajoy, Botella y secuaces. Y no me parece en absoluto que España crea que Argentina es el enemigo, porque nunca fueron amigos. ¿Qué es esa idea idiota de que existe la amistad entre políticos, entre países? yo no me lo trago. A España le conviene mucho, muchísimo que Argentina expropie. Quizás no tendrán petróleo barato como hasta ahora, perderán ese beneficio, pero ganan otro capital, que les viene al dedillo ahora mismo. Desde el anuncio populista de Kristina, en la primera plana de los periódicos nacionales españoles predomina el perjuicio argentino. A mí me suena así, qué quieren que les diga. Por un tiempo desaparecen las tablas de estadísticas económicas con sus rectas rojas en picada. La atención se desvía, el nacionalismo se infla, pasan a segundo plano los recortes en salud y educación y se olvida flagrantemente que hace cien días el PP juró y perjuró que serían intocables. Hala, todos a por Argentina, atrás dejamos a los parados, el aumento del transporte, los deshaucios. Yo creo que si a Rajoy un ángel de la guarda se le hubiera presentado en plena noche y le hubiese dicho: te mando una expropiación recién salida del horno de un país latinoamericano, vas a perder un porcentaje de ganancias pero vas a ganar en opinión pública, qué me contás; él hubiese aceptado ipso facto.

Luego me bajé, y me fui pedaleando hasta la nave. Estos días hay un viento que dan ganas de quedarse en la cama hasta las vacaciones de agosto.

 

Nota: yo tenía mi texto armadito con lo de los vendedores ambulantes y el suizo. Quizás por eso se vea todo esto un poco desprolijo. Es que ahí por facebook dijeron que querían que este blog se pronuncie por el asunto YPF y acá estoy, improvisando lo que me parece sin mucha vuelta. Sepan disculpar.

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Escribo muy contenta porque estoy en casa y estaré los próximos cuatro días, ininterrumpidos. Pasearme en albornoz con taza de café y cigarro mirando por la ventana con cara de preocupación me hace sentir un placer indecible. Y todo gracias a los católicos. Por esta vez, gracias católicos por hacerle creer a la gente esa extravagancia de jesús muerto y resucitado y vuelto a morir, provocando en gran parte de occidente tamaña reverencia histórica.

Es increíble lo bien que me hace estar unos días en casa. Gracias a que voy todos los días a ese maldito almacén es que puedo comprar las cervezas que me gustan. Muchas calamidades se sostienen en pequeñeces como esta, estarán de acuerdo. Una amiga argentina que estuvo en Madrid hace un par de meses, ante la pregunta de cómo hacía para vivir en un país donde la inflación es un disparate casi tan grande como el catolicismo, respondió que había renunciado a  comer almendras, por su precio, claro, pero que no podía prescindir de la conexión de internet. En definitiva se trata de esto, qué hay de prescindible en lo imprescindible, todo el tiempo. Todavía nos queda la posibilidad de elegir, a cambio de un servicio, qué no se come, los zapatos de invierno por una semana de vacaciones y así. Y yo pienso que hay otra cosa de la que estoy prescindiendo y de la cual su ausencia a largo plazo puede convertirse en un problema. Esta cosa es el tiempo. El tiempo para dedicar a mí misma. El tiempo es tan importante como las almendras a las que mi amiga renuncia.

No todas las personas tienen la suerte de encontrar al amor de sus vidas. Porque yo creo que no se puede vivir plenamente sin un amor verdadero. Parto de esta premisa capital. En mi caso particular, nunca tuve una historia verdadera con alguien antes de ahora. Me consta que muchísima gente nunca la tuvo. Una persona que no es consciente de sus necesidades y no trabaja para diferenciarlas y satisfacerlas, es una persona que no encontró todavía al amor de su vida. Para concientizarse de esto es necesario el tiempo, señores. Me refiero al tiempo que se dedica a uno mismo, y no ese tiempo no-tiempo que es el que se utiliza para trabajar en cosas absurdas como empaquetar souvenires. Estoy tan segura de esto como de que una cerveza barata a la larga da dolor de cabeza. Me tomo la licencia de hablar convencidísima sin citar fuentes documentadas, aguántense. Tuve gente a mi lado chiflada, gente dañina, hombres, mujeres, viejos y jóvenes. Y tuve, generalmente, trabajos que me permitían vivir bien con pocas horas de inversión. Gracias a ese tiempo libre que tuve, a la prueba y error, es que llegué a conocerme lo suficiente como para darme cuenta de que me enamoraba sistemáticamente de gente tóxica. Tuve uno que recuerdo con particular decepción, se parecía a un pollo desplumado. No joven, de cincuenta y pico de años, bajo y enclenque, astuto y a la vez decididamente tonto. Insolente y arrogante, cultivaba estos defectos como si fuesen virtudes, alguien terriblemente cobarde con sí mismo. Fue un magnífico ejemplo para mí de lo mal que se podía elegir en el mundo, a causa del absoluto desconocimiento de mis necesidades internas. No tener idea de qué necesitamos para vivir nos hace tomar decisiones catastróficas. Hoy puedo afirmarlo, sin lugar a dudas. Pero me estoy alejando del asunto. Digo que mucha gente no encuentra al amor de su vida, ( y no es psicópata, ya que éstos no pueden amar, otra de sus características) mucha gente no tiene idea de lo que quiere a su lado, muchísimas personas traen hijos al mundo por educación o convención o mandato divino, forman familias, se endeudan y no leen un solo libro. O peor, leen libros de autoayuda y la biblia. Se creen todo los que les diga la prensa y otros infelices como ellos. Yo, que tengo la suerte de haber encontrado al amor de mi vida, y que esta suerte me dice que nunca más seré vulnerable a esos psicópatas que pululan por el mundo intentando convencer a cualquiera que cometa el error de tomarlos en serio de que la vida es esa cosa gris y reprimida que son ellos mismos; yo, decía, trabajo en un almacén, y tengo tan poco tiempo libre para dedicar a mi persona, que en estos días de soberbia tranquilidad escribo todo esto y afirmo que una gran parte del problema del sistema capitalista es la falta de tiempo para preguntarnos quiénes somos, qué queremos, hacia dónde nos dirigimos verdaderamente.(Desde luego que el problema del sistema capitalista es mucho más vasto y complejo, pero esta particularidad del problema se deja señalar) Y una vez encontrado esto, lo difícil es hacer coincidir nuestro nuevo modo de ser con ese otro modo de vivir, en el cual nacimos y con el que decididamente no estaremos de acuerdo, llegados a este punto. 

Lo ilegal es que un humano no tenga dignidad

Ustedes no saben, así que tengo que contarles más. Mi vida no es sólo este trabajo. Hay cosas que me gustan mucho. Mañana de Miércoles en el tren, termo de café, revista Orsai nueva y lo primero, la viñeta de Miguel Rep. Le explicaba a la gallega que yo no soy lectora de cómics, pero a Rep lo leía en el diario de Argentina Página 12 , durante muchos años. Yo crecí con Quino, Fontanarrosa y todos los que dibujaban en los diarios. Porque en Argentina el diario tiene su página de chistes. Empecé a leer el diario a los ocho años, por la viñeta de Diógenes y el Linyera del Clarín.  Qué sorprendente y conmovedor y bonito es dar con rasgos de mi cotidianeidad pasada en Buenos Aires, en la lectura de una revista. Le explicaba a la gallega todo esto por escrito en un post-it: a cada nota de Orsai que leo le pego mi comentario, para que cuando ella la lea tenga un guiño mío, alguna referencia a modo de advertencia sobre los autores, si son argentinos sobre todo, si conozco alguno en persona, esas cosas. Nada difícil, lo primero que me venga a la mente, por ejemplo que me aburrí con la crónica de Leila Guerriero sobre Madrid, que habría que chusmear Puto y Aparte, el blog de Xtian Rodríguez; que no soporto a Leo Maslíah, y que Birmajer es desopilante, cosas así.

Bajo del tren, hago cinco minutos en bici por el medio del campo hacia nuestra nave. De lejos veo flamear la bandera de España, otra vez hecha jirones. Pasan volando cigüeñas y unos pajaritos pequeños que no son gorriones se posan en fila sobre los cables. El sol radiante. Ya en el comedor otro café y yo quiero que permanezca en mí lo conmovedor y bonito de haber leído a Rep, que es lo mismo que haber leído algo de mí, de algún modo.

Pero alguien viene con una hoja impresa de un mail que mandó el jefe a todos los empleados. En ella se pide que quien haga huelga tenga la deferencia de avisarlo, para modificar las nóminas. Ese mail es ilegal, pero nadie se da cuenta.  Una compañera exclama: “qué huelga ni huelga, si son todos unos corructos”

Le digo que sí, que los gobernantes son todos corruptos, pero que esta huelga se trata justamente de defender los derechos del trabajador legal. Empiezo por ¿vos sabés qué es la ley laboral? Me interrumpe otra compañera: esto no es como en nuestros países, acá el transporte no para. Hay que tra-ba-jar. Me hirvió la sangre, quería decir tanto, hablarle de la gente en paro, que está todavía peor que nosotros; de las luchas del pasado por las cuales se lograron los derechos que se acaban de perder. Sentí odio hacia mi compañera. Un odio visceral. La hubiera agarrado del cuello y sometido a patadas en el orto. Porque ese razonamiento sería propio de un español pura raza, propietario al menos de vivienda y jubilación, no de una ecuatoriana de veinticinco años con tres hijos sin un lugar donde caerse muerta.

Listo, a la mierda lo conmovedor y bonito.

A las siete de la tarde del Jueves, bajo del tren en Atocha. Tuve que ir a trabajar, con todo el dolor metido en mi orgullo. Nada más fácil para mi jefe que echarme de una patada en el culo si adhería a la huelga. Veo centenares de personas caminando por las calles cortadas al tránsito, sol radiante de día idílico festivo, pero con carteles de protesta entre familias con bebés. Toda la gente con trabajo que hizo huelga la pagó con un día menos en su nómina. Y allí iban, sonrientes y vivos y ¿esperanzados? ante la injusticia. Los parados, seguramente con su parte de desesperación a cuestas. Poco que agregar. Una extranjera como yo, pensando que deberían ser menos civiles, nada de servicios de transporte mínimos. Nada de “un día de huelga”. Deseando que la huelga se extendiese indefinidamente hasta que algo cambie, voy con mi bici pero a pie, no quiero molestar a quienes caminan por aquí. Mientras, pienso en la primera vez que asistí a una movilización en mi vida, fue una marcha por el día de la memoria, que se convoca todos los 24 de marzo en mi país. Se recuerdan muchas cosas dolorosas ese día. Se recuerdan a los muertos y a los desaparecidos de la última dictadura militar. Yo lloraba caminando por la avenida de Mayo. Tenía quince años, pero intuía que la razón de las miles de personas reunidas allí era la fuerza de la memoria resistiendo ante la injusticia. Una memoria carnal, la memoria del horror ¿Acaso no es también tortura no tener posibilidad de trabajar, no tener donde vivir, no poder educar a tus hijos, no tener seguridad social? La indignidad es la nueva dictadura global, la dictadura de los mercados, no tan obvia como la militar, igual de sangrienta y silenciosa. También lloré en Atocha, tal vez porque el futuro, en este caso, es tan oscuro como el horror que no olvidamos ni perdonamos, cada año, en la Plaza de Mayo.

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El Jueves 29 estuve muy llorona todo el día. Desde el curro le mandaba mensajes desoladores a mi gallega. Me sentía fatal. Ella, que sí hizo huelga, se manifestó y todo el asunto, tuvo el tiempo y la sensibilidad de grabarme este vídeo, y arrancarme una sonrisa.

Saturday night, desolación.

En la entrada anterior digo que cuando leo las noticias de El País elijo aquellas que no sean ni muy banales ni muy trágicas. Doy a entender que elijo solo boludeces, novedades sobre el clima o el precio del transporte, nada que haga reflexionar o toque susceptibilidades. Leído así, suena a que soy una lista con respecto a los demás compañeros de trabajo. No es eso lo que quiero hacer entender, perdón por mi torpeza. Lo que en verdad pretendo ilustrar es el nivel de alienación que existe en este lugar. Que pretenda describir las condiciones de mis compañeros y las mías propias indica que no estoy en ese nivel de alienación, lo cual no establece que no lo esté en absoluto, mi parte de alienación existe, seguramente. Encuentro una relación entre el nivel de alienación y el tiempo de exposición a la causa: el horario extenso, el bajo sueldo, el trato vejatorio a los trabajadores, por solo mencionar lo más escandaloso de lo que no está escrito en los contratos pero que sí condiciona negativamente la vida de nosotros los trabajadores, mientras que lo estipulado por escrito en los contratos está diseñado exclusivamente para cuidar los intereses de la empresa.  Es igual a la   silicosis  de los mineros. En sus contratos de trabajo se estipula el horario y el sueldo, pero nada dice sobre esta enfermedad intrínsecamente minera: el depósito de polvo en los pulmones. Esta enfermedad no tiene tratamiento. Y es mortal. No puedo afirmar que la alienación sea mortal. Pero sí es un cáncer de toda sociedad. Porque la alienación afecta lentamente y a largo plazo la vida de las personas.  Cuando se está alienado no se piensa. Se pierde el respeto por la integridad individual, desde la persona misma.

Hace dos o tres días que reina el silencio más total desde que trabajo allí. Nada de música latina ni comentarios del tipo “oye, qué chévere esta salsa, me recuerda mi país, escucha qué bonito canta” Y es que en la sala de producción, abajo, hay dos cámaras de seguridad que apuntan directamente a la zona de trabajo. Yo creía que esas cámaras no funcionaban o que estaban allí solo para amedrentar con su sola presencia. Pero no. Hace dos o tres días mis compañeros de producción fueron llamados a una reunión al tercer piso, a la oficina super calefaccionada del jefe. Parece ser -mi compañero y yo no fuimos convocados, todo lo que cuento me lo contaron los afectados directos- que existe un cuartito en el maldito tercer piso piso que tiene un ordenador por el cual se puede ver todo lo que graba la cámara. En ella el jefe vio que los trabajadores comían patatas fritas mientras trabajaban, que hablaban entre ellos y puntualmente vio a una compañera, la única que dijo abiertamente hace ya tiempo que era ilegal, ejercitar unos pasos de salsa. Por esto, por el baile, la despidieron. Delante de todos, en ese momento. Ella se fue llorando.

Yo, desorbitada, pregunté si alguien la había llamado por teléfono para saber cómo estaba. Me consta que ella vive con su hermana y sus dos sobrinos pequeños, que no tienen padre. Dos mujeres jóvenes, dos niños, un solo trabajo: catástrofe. La respuesta fue que no se puede bailar en el trabajo y que su despido fue un escarmiento para todos los demás. Desde entonces el nombre de nuestra ex compañera se evita como si fuese una palabra prohibida. Nadie habla con nadie. Apagaron la radio donde solía sonar Top Radio con Sabor Latino. Desaparecieron los platos de plástico con patatas fritas. Todos aceptaron este despido injusto y absolutamente ilegal. Me comentaron que estaban de acuerdo con el jefe;  todos creen que en el almacén había demasiado cachondeo y que fue una falta de respeto a la empresa bailar y reírse.

 Mis compañeros comen mal, duermen poco, viajan mucho en tren y no descansan lo suficiente. Aquellos que no tienen familias que mantener, van al bar a la salida. Yo estoy segura de que así acallan cualquier voz interior que intente manifestarse. Toda la vida de mis compañeros está gobernada por la alienación. Dentro del horario de trabajo, entre la mente y los actos, no hay nada. No puede haber nada, porque si lo hubiera no podría ejercerse esta actividad por años y años. Y fuera del horario de trabajo, esta ausencia de palabras se perpetúa. Muchos de ellos no saben expresar lo que quieren decir, y el trabajo de buscar la palabra les resulta agotador, al punto que utilizan frases inconexas entre sí para decir algo. Tienen poquísimo vocabulario. Les resultan más fáciles las frases hechas que ya han utilizado en otros momentos para explicar diferentes cosas. Y también escuchar discursos largos los agobia. Veo a mi compañero que se agota de mi discurso; yo le muestro un  panfleto sobre la próxima huelga convocada a propósito de la reforma laboral y él va cansándose mientras le hablo, veo su esfuerzo mental para no ser mal educado y dejar de escucharme, lo veo articular monosílabos donde no caben entre los espacios de mi diatriba y el gesto inocultable de déjame-en-paz.

Estos compañeros tienen o tendrán hijos a quienes le transmitirán algo de su falta de curiosidad, algo de su miedo a la autoridad y algo de esa maldita sumisión respetuosa que invariablemente muestran ante los discursos articulados con frases largas en general. Mis compañeros no piensan que los medios mienten, los gobernantes mienten, la información inmediata a la que acceden –televisión, radio, prensa escrita- también les miente. Será tarea de los maestros mantener viva la imaginación de los hijos de mis compañeros, si es que los maestros logran a su vez mantener saludable la suya propia ante la alienación de la que ya son víctimas. La alienación domina a la clase trabajadora y ésta no parece encontrar una  salida.

Deberían prohibirse los trabajos que no proveen crecimiento alguno en quienes los ejercen. Debería desaparecer la producción de souvenires tal y como existe ahora mismo, desde el uso de metales y plástico contaminantes para su producción hasta el derroche de transporte para su distribución mundial. El souvenir debería desaparecer como concepto.

¡Qué privilegio, somos explotados!

A las nueve, todos los que llegamos al trabajo vamos al comedor, a meter los tápers en la nevera-heladera. Tenemos también una cafetera y dos microondas, una mesa y dieciséis sillas plegables de plástico blancas . Hacemos café, y pasan unos quince o veinte minutos de darnos los buenos días y comentar cualquier nimiedad. A veces, en esos veinte minutos, leo en voz alta alguna noticia que me haya llamado la atención de la versión de El País, en mi teléfono. Trato de elegir noticias ni muy trágicas ni muy banales. Tampoco noticias que lleven a polemizar en los terrenos de la ideología política; muchos de mis compañeros no pueden tener una idea clara de lo horrible que se está volviendo el mundo, sencillamente no han tenido el tiempo, el valor y la necesidad interna, profunda, de preocuparse por escuchar  preguntas existenciales (más bien se ocuparán, pienso, en silenciarlas) que invariablemente llevan a nuevas preguntas acerca del sistema capitalista y organización mundial.

“¿Vieron que aumentó cincuenta céntimos el billete de metro?” comento. Nada, como si pasara un tren, nuestros abonos no aumentaron, de momento. ¿Vieron el frío que ya hace en Soria? Nada. A nadie le importa Soria, pero inmediatamente se comienza a hablar acerca del frío inexistente de Ecuador, Colombia, República Dominicana. Nadie se preocupa por noticias que no toquen la realidad individual. Y la realidad individual, inmediata, de este lugar es que hace un frío del carajo. Pero sólo se habla, sin pensar. No se piensa: se trabaja.  

En noviembre empezó a hacer frío de verdad. Tenemos en el campo unos dos, tres grados menos que en Madrid ciudad. La nave está en el medio de la nada. En todo el piso de producción, abajo, y también arriba donde estamos mi compañero y yo, no hay calefacción central. Los de abajo tienen dos estufas a cuarzo, esos infrarrojos de plástico que funcionan con electricidad y no calientan una mierda. Arriba, nosotros tenemos también uno de esos. Al principio, indignada, le comenté a mi compañero si conocía el Real Decreto 486/1997, por el que se establecen las disposiciones mínimas de seguridad y salud en los lugares de trabajo; que yo no era experta en nada, solo busqué en internet. Me miró con cara de puerta. Luego le dije que compraría una estufa  más decente de mi propio bolsillo. El se lo transmitió al jefe (¿qué le habrá dicho? ¿lo habrá amenazado con la historia del decreto?) y  para navidad llegaron unos calefactores grandes, que tiran aire caliente. Se habrá sentido un gran benefactor, el jefe. Al preguntarle a mi compañero qué calefacción tuvo él el invierno pasado y el anterior, me dijo que la misma estufita eléctrica. Sólo hay calefacción central en el tercer piso, el piso de las oficinas de los jefes. Lo sé porque cuando fue el cumpleaños de uno de ellos se organizó un almuerzo colectivo. Para la ocasión, ese día la encargada del almacén llamó por teléfono al delivery chino, pidió arroz y carne y rollitos primavera. Se montó una mesa juntando varias mesitas, y allí comimos, con los jefes  comentando el resultado del último partido de fútbol, en un lugar luminoso y enorme, con ventanales que dan al campo extensísimo, allí, donde ninguno de nosotros tiene acceso nunca. La calefacción era tal que nos obligó a quitarnos guantes, cuellos polares, gorros y chaquetas. Todos estaban contentos, hablaban de fútbol y de la comida (que fue gratis) pero nadie mencionó los nuevos calentadores eléctricos en los lugares de trabajo.

Lo que intento ilustrar con esto es la alienación de mis compañeros de trabajo. Me pregunto hasta dónde yo estoy alienada. Supongo que escribir este blog es un modo de mantenerme entera, de proteger mi capacidad de asombro. Lo que no comento con mis compañeros, y me hubiera encantado hacerlo, es esta nota de El País:  

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/02/20/vidayartes/1329766843_742941.html

Se titula “El regreso de la lucha de clases” (me río para mis adentros; la historia de la lucha de la clase obrera por su emancipación, por la justicia social, no se puede entender más que como parte de la historia del poder político, el cual, en sus niveles más altos, es el poder de los imperios  y los estados, no me jodan, no hay regreso, nunca se fue, quién carajo le habrá puesto ese título). En él, un filósofo esloveno dice cosas horribles y ciertas, como que las protestas en Madrid o en Wall Street no son protestas proletarias sino contra la amenaza de volverse proletarios, que los desclasados votan políticas conservadoras y nacionalistas y que existe un nuevo estrato social que se llama precariado, son millones de viejos enfermos que se quedaron afuera del sistema globalizado los auténticos responsables de que existan partidos políticos de chiflados extremistas y xenófobos en el mundo. No encuentro la respuesta a todo esto. Mi conciencia me indica los por qué y los cómo, pero nada más. La organización parecería una buena respuesta, pero ¿cómo hacer factible algún tipo de organización cuando no hay tiempo ¡ni ganas! de escuchar a una argentina que se cree muy lista, a las nueve de la mañana, con sus putas noticias del periódico?